El Museo Arqueológico Nacional (MAN), ubicado en Madrid, es la institución de referencia para entender la evolución histórica de la península ibérica. Su historia es, en esencia, la historia del interés de España por proteger su propio patrimonio frente al expolio y la dispersión.
El Museo Arqueológico Nacional fue fundado en 1867 por Isabel II, siguiendo la tendencia europea de crear grandes museos nacionales destinados a mostrar los testimonios del pasado propios de cada país. Con su creación se daba respuesta a la demanda de reunir en una única gran institución las colecciones de antigüedades, dispersas en diferentes establecimientos, con el fin de representar la historia de España, desde los orígenes a los tiempos más recientes, y ofrecer un panorama de las antiguas civilizaciones del resto del mundo.
La idea encontró impulso en el desarrollo que la arqueología alcanzó en esos momentos, así como en la toma de conciencia del riquísimo patrimonio cultural que, a causa de invasiones, guerras y desamortizaciones, se encontraba en peligro de desaparición y era necesario proteger.
El nuevo Museo debía reunir, conservar y estudiar estos bienes para ponerlos al servicio de los ciudadanos, contribuyendo de este modo a su formación e instrucción.
Aquí tienes un recorrido especializado por su evolución, desde su fundación hasta su vanguardista presente.
1. Fundación y Contexto (1867)
El MAN fue creado por Real Decreto de Isabel II el 20 de marzo de 1867. Su nacimiento no fue casual, sino una respuesta a la corriente europea de crear grandes museos nacionales (como el British Museum o el Louvre).
- El objetivo: Unificar las colecciones de antigüedades que estaban dispersas en la Biblioteca Nacional, la Real Academia de la Historia y otras instituciones.
- Primera Sede: Se instaló inicialmente en el Casino de la Reina, un palacete en el actual barrio de Embajadores, que pronto se quedó pequeño para el volumen de piezas que recibía.
2. El Palacio de Bibliotecas y Museos (Sede Actual)
En 1895, el museo se trasladó a su ubicación definitiva en la calle Serrano, compartiendo edificio con la Biblioteca Nacional.
- Arquitectura: El proyecto original fue de Francisco Jareño y Alarcón, aunque lo terminó Antonio Ruiz de Salces. Es un edificio de estilo neoclásico pensado como un «templo del saber».
- Crecimiento: Durante el siglo XX, el museo sufrió varias reestructuraciones. En los años 40, tras la Guerra Civil, muchas de sus colecciones (como las de Artes Decorativas o las de América) se escindieron para formar museos propios, permitiendo al MAN especializarse puramente en Arqueología.
3. La Gran Transformación (2008 – 2014)
Tras décadas de parches estéticos, el museo cerró para una remodelación integral que lo situó en la vanguardia museística mundial.
- La Reforma: Se respetó la estructura histórica pero se cubrieron los patios interiores para ganar espacio y luz.
- Nueva Museografía: Se pasó de una exposición «acumulativa» (muchas piezas sin contexto) a una narrativa. Ahora, el museo cuenta una historia cronológica apoyada en recursos audiovisuales y una iluminación técnica exquisita.
Cronología de Hitos Clave
| Año | Acontecimiento | Importancia |
| 1867 | Fundación por Isabel II | Creación de la identidad arqueológica nacional. |
| 1895 | Traslado a la calle Serrano | Ubicación en el corazón cultural de Madrid. |
| 1936-39 | Guerra Civil | Las piezas más valiosas se protegen o se trasladan a Ginebra. |
| 1971 | Llegada de la Dama de Elche | La pieza regresa al MAN desde el Museo del Prado. |
| 2014 | Reapertura del «Nuevo MAN» | Modernización total de la exposición y accesibilidad. |
El Casino de la Reina, antigua finca de recreo situada en la zona sur de Madrid, que la Corona cedió al Estado en 1865, se componía de un palacete, un invernadero, varios pabellones y un amplio jardín que en 1817 el Ayuntamiento de Madrid adquirió y regaló a la reina María Isabel de Braganza.
En su construcción, remodelación y decoración participaron algunos de los más insignes arquitectos y artistas del momento como Antonio López Aguado, Narciso Pascual y Colomer, Vicente López o Juan Madrazo y Kuntz.
Desde su creación la sede prevista para el Museo Arqueológico Nacional fue la actual, el Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales, un gran edificio de nueva planta concebido en 1860 y situado en el Prado de Recoletos, cuya construcción necesitó más de treinta años y tres proyectos arquitectónicos para su culminación en 1892.
De 1867 a 1893, el Museo ocupó provisionalmente el Casino de la Reina, antigua finca de recreo cercana a la actual glorieta de Embajadores de Madrid, que el Ayuntamiento de Madrid había regalado a la reina Isabel de Braganza en 1817.
El Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales constituyó uno de los proyectos arquitectónicos y culturales más ambiciosos de su tiempo. Tres arquitectos, Francisco Jareño, Álvaro Rosell y Antonio Ruiz de Salces, fueron los responsables de dar forma al palacio. Un reto mayúsculo para albergar a tres grandes instituciones: Biblioteca Nacional, Museo Arqueológico Nacional y Museo de Arte Moderno.
La inestabilidad política y económica imperante en la segunda mitad del siglo XIX condicionó enormemente la materialización de este proyecto, paralizado durante largos periodos de tiempo y modificado al antojo de las circunstancias.
Francisco Jareño recibió el encargo en 1860, concibiendo un edificio de inspiración neoclásica, planta cuadrangular articulada en torno a un monumental espacio central dedicado a salón de lectura y dos fachadas principales sobriamente ornamentadas.Álvaro Rosell sustituyó a Jareño en 1882, con el objetivo de redactar un nuevo proyecto que diese cabida en lo ya construido al Ministerio de Fomento, idea que nunca llegó a materializarse.
En 1884 Antonio Ruiz de Salces retomó la construcción del Palacio con una nueva propuesta que respetó la esencia del proyecto de Jareño, pero que debió adaptarse a un nuevo cambio de programa para dar cabida en el edificio, no sólo a Biblioteca Nacional, Museo Arqueológico Nacional y Museo de Pintura y Escultura contemporánea, sino también al Archivo Histórico Nacional y la Secretaría y Biblioteca de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
En la construcción del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales destacó la utilización del hierro, un nuevo material que, por su ligereza y facilidad de ensamblaje, resultó ideal para la realización de forjados, cubiertas, salas de lecturas y depósitos de bibliotecas.
La casa Asins, propiedad de Bernardo Asins, antiguo cerrajero Real, recibió el encargo de producir los cerramientos y elementos ornamentales realizados con el nuevo material.
Consideración aparte merece la decoración escultórica del frontón de la fachada de la Biblioteca Nacional donde debían quedar representadas las Ciencias, las Artes y las Letras floreciendo al amparo de la Paz. Contrariamente a las preferencias del los académicos, el Ministerio se decantó por el proyecto de Agustín Querol.
La fachada de la calle Serrano destacó por su sobriedad en las formas y austeridad en la decoración. En su portada se dispusieron dos esculturas de piedra de Berruguete y Velázquez y dos esfinges de bronce franqueando la escalera de acceso, siendo estas últimas realizadas por Felipe Moratilla.
El edificio fue inaugurado el 11 de noviembre de 1892 por los reyes de España y Portugal con motivo de la apertura al público de las Exposiciones Conmemorativas del IV Centenario del Descubrimiento de América.
Tras su clausura en 1893, el Museo Arqueológico Nacional dio comienzo al montaje de sus salas en estas nuevas instalaciones que fueron inauguradas por la Reina Regente María Cristina el 5 de julio de 1895.
Entre 2008 y 2014 se ha desarrollado la reforma del decimonónico edificio en el que se ubica el Museo Arqueológico Nacional y la reinstalación de su exposición permanente.
El edificio se ha acondicionado logrando que sus espacios se distribuyan más racionalmente, sean más accesibles, dispongan del equipamiento tecnológico necesario y respondan a los criterios de confortabilidad y seguridad requeridos para hacer cómoda y placentera la estancia en él.
La ampliación de las áreas públicas permite ofrecer a los visitantes una zona de acogida en condiciones idóneas, exponer nuevas colecciones, ofertar una amplia variedad de actividades simultáneamente y poner a su disposición nuevos servicios.
La renovación museográfica de las salas de exposición incorpora todos los medios técnicos y de comunicación que pueden favorecer la puesta en valor de las colecciones y la comprensión del discurso expositivo histórico propio del Museo, convenientemente actualizado y reinterpretado a la luz de los nuevos descubrimientos científicos.
En 1867, al tiempo que se fundaban el Museo Arqueológico Nacional y los museos arqueológicos provinciales, se creó un cuerpo de profesionales especializados en el estudio y preservación de los bienes asignados a estos nuevos centros.
La sección de “Anticuarios”, integrada en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, luego llamada de “Arqueólogos” (1901), y más adelante de “Conservadores de Museos” (1973), junto con el Cuerpo de Ayudantes (1977) y el de Auxiliares de Museos (1932), completaría un colectivo desde entonces dedicado específicamente a las funciones técnicas y de gestión del patrimonio cultural conservado en los museos.
Historia de las colecciones
La formación de la colección del Museo responde a diversas formas de ingreso y a las distintas naturalezas de los objetos que la componen marcadas en muchos casos por las circunstancias políticas, culturales y legislativas de cada época.
En el decreto de su creación en 1867 se estipuló la asignación de unos fondos fundacionales, los provenientes del Museo de Medallas y Antigüedades de la Biblioteca Nacional; los objetos arqueológicos y etnográficos del Museo de Ciencias Naturales y la colección de la Escuela Superior de Diplomática.
Estos fondos se incrementaron rápidamente con numerosas donaciones y compras a particulares como las destacadas colecciones de Manuel de Góngora, José Ignacio Miró, José de Salamanca o Eduardo Toda.
De especial relevancia fue la actividad de las Comisiones Científicas integradas por personal del Museo que recorrieron diversos lugares tanto de España como del extranjero.
Destacan las efectuadas en nuestro país por Paulino Savirón, Juan Sala, Juan Salas Dóriga, Juan de Dios de la Rada y Delgado y Juan de Malibrán, y el viaje que en 1871 realizó la fragata Arapiles a Oriente, del cual regresó con una importante colección de objetos arqueológicos de Sicilia, Atenas, Chipre, la antigua Troya o Constantinopla, entre otros lugares.
Desde el siglo XX, la institución fue cobrando mayor identidad como museo arqueológico. Parte de sus colecciones, como las de etnografía, arte oriental y americanas, se transfirieron a los museos nacionales de Antropología, Artes Decorativas y América, ganando así también más espacio para los numerosos ingresos procedentes de hallazgos y excavaciones arqueológicas, como las cerámicas campaniformes de Ciempozuelos (Madrid), la colección de Luis Siret con materiales de importantes yacimientos del sureste peninsular, o la del marqués de Cerralbo, resultado de sus excavaciones en yacimientos celtibéricos.
A través del intercambio de obras de arte con Francia en los años cuarenta ingresaron, tras haber estado expuestas en el Museo del Prado, las coronas de Guarrazar y la Dama de Elche.
En los años setenta se incorporarían obras tan emblemáticas como la Dama de Baza, o el monumento de Pozo Moro, además de materiales de las excavaciones españolas realizadas en Egipto y Sudán fruto de los acuerdos con el gobierno egipcio con motivo de la construcción de la presa de Asuán.
Desde 1985, el ingreso por excavaciones se ha visto notablemente reducido por las competencias que han asumido las Comunidades Autónomas en esta materia, pero el Museo continúa la labor de enriquecimiento de sus fondos a través de adquisiciones por compra y donaciones.
Historia de las museografías
Desde su creación hace más de ciento cincuenta años, el Museo Arqueológico Nacional ha variado en diferentes ocasiones la presentación al público de la riqueza y diversidad de sus fondos.
El incremento de las colecciones, los cambios de sede y las sucesivas reformas arquitectónicas, junto con las tendencias en la investigación arqueológica, los nuevos descubrimientos científicos, la propia redefinición del concepto de museo y las nuevas corrientes museográficas, han influido y definido los modelos de exposición permanente que el Museo ha ofrecido a lo largo del tiempo.
En cada montaje, el Museo se ha ido adaptando a las corrientes museográficas más novedosas de cada época de tal forma que la historia de sus exposiciones permanentes, constituye un importante capítulo de la evolución de la museografía en España.
La exposición inicial del Casino de la Reina reflejaba el criterio de la época de exhibir todos los fondos existentes.
En sus salas se mostraban no sólo colecciones de los “tiempos primitivos y antiguos”, sino también de Edad Media y Moderna, Numismática y Etnografía, con objetos procedentes de lejanos países.
Era la primera vez que en España se abría al público un museo con tal variedad de objetos y de tan amplio arco cronológico y cultural.
En la llamada Sala del Joyero, sin luz natural, las paredes se revistieron de terciopelo y baquetilla dorada y se construyeron armarios y vitrinas de maderas nobles para las joyas, el tesoro de Guarrazar, las arquetas medievales y la eboraria.
En las secciones de Edad Media y Moderna las piezas se mostraban sobre muebles y pedestales, se hicieron grandes vitrinas para las cerámicas y los tapices cubrían las paredes: La acumulación era la idea que primaba en la exhibición de los fondos.
En la exposición se aplicaron criterios científicos de clasificación del momento según el tipo y funcionalidad del objeto, materia, cronología y adscripción cultural. Una de las salas dedicada al mundo clásico estaba presidida por el sarcófago de Husillos y el Puteal de la Moncloa.
El Monetario, en la planta alta, se instaló en los armarios de caoba de la antigua Real Botica. Las monedas se exhibían en vitrinas realizadas por el Museo y la glíptica en soportes de metal dorado dentro de un mueble circular giratorio.
El llamado Salón Etnográfico, situado en el antiguo invernadero, albergaba antigüedades y objetos exóticos de América, Asia y Oceanía. Se revistió con estanterías acristaladas, disponiéndose también una larga central y se realizaron ex profeso maniquíes para exhibir la colección de trajes orientales.
Desde la inauguración del Museo en el Palacio de Biblioteca y Museos, y durante el primer tercio del siglo XX, los montajes de las salas variaron poco, aprovechando muchos elementos procedentes del Casino de la Reina y de las Exposiciones Conmemorativas de 1892 y 1893.
Se exhibían la mayor parte de las colecciones ordenadas cronológicamente o por tipologías aunque se introducen nuevos criterios de clasificación relacionados con los conceptos de historia, trabajo y vida social.
Durante la Guerra Civil se desmontan las salas para proteger las colecciones.
El “Patio árabe”, con cubierta acristalada y columnillas con capiteles jónicos de hierro, respondía a la típica arquitectura del hierro de finales del XIX. Los objetos se ordenaban por tipologías, muchas veces simétricamente, y los fragmentos se reunían en cuadros.
Siguiendo las tendencias museográficas del momento, destacan las recreaciones de ambientes y algunas salas se decoran con pinturas murales alusivas a su contenido. Esta decoración fue realizada por Arturo Mélida, basándose en los motivos que diseñó para la Exposición Histórico-Natural y Etnográfica.
Esculturas mexicanas precolombinas
Una reproducción del calendario de Quetzalcoatl preside la Sala de Reproducciones de monumentos americanos. Estas colecciones formaron parte del Museo Arqueológico Nacional hasta la creación del Museo de América en 1941, que quedó alojado en el primero desde 1944 hasta 1962.
Muchos objetos expuestos en las traseras de las vitrinas eran cosidos a planchas de cartón y el resto se presentaba escalonado para permitir su visibilidad y optimizar el espacio. Algunas piezas eran encapsuladas entre cristales pero más por criterios expositivos que de conservación.
En esta época, la exposición se destinaba a un público erudito, por lo que la presencia de algunas maquetas como la del Coliseo de Roma no se debe interpretar como un gesto de democratización o divulgativo sino como complemento al discurso culto.
Durante la Guerra Civil se sacan las piezas de las vitrinas y se toman medidas para su protección. Se construye un gran andamio en la sala egipcia y dentro de él, embaladas en cajones de madera, se guarecen parte de los fondos.
Las dificultades de los años posteriores a la Guerra Civil no permitieron la instalación de toda la exposición previamente existente, ni tampoco se disponía de los espacios primitivos ya que parte del Museo estaba ocupado por otras instituciones. Para poder abrir de nuevo sus puertas al público se planteó un sencillo montaje con una selección de los fondos más importantes. Es el conocido como “Museo Breve”, instalación que finalmente se alargó más de lo esperado, llegando hasta el año 1951.
En esta etapa desaparece la ambientación de las salas, tendiéndose a una exposición más limpia. Sólo se conserva cierta decoración alusiva a la temática de las salas en las dedicadas a la cerámica de la Edad Moderna, con molduras de tipo neoclásico.
De los patios, muy deteriorados tras la Guerra, sólo se acondiciona el «romano» con una estética más racionalista acorde con la época. Se instala otra cubierta más moderna y se crea una galería. Se integran algunos mosaicos de suelo en su ubicación natural.
Aunque se mantiene la acumulación de objetos en vitrinas con criterios tipológicos, se comienzan a resaltar determinadas piezas mediante la utilización de recursos expositivos como cortinajes de fondo, pedestales exentos o la delimitación de frisos de distinto color en las paredes.
Las vitrinas-mueble prácticamente desaparecen y sólo se mantienen en la sala del Monetario, con un carácter de exposición más historicista. Tras 1951 se desmonta el Monetario pasando los armarios de la Real Botica a las Salas Nobles a contener parte de la Biblioteca.
En las salas la iluminación sigue siendo mediante luz natural. Las nuevas vitrinas son más funcionales y diáfanas y dejan todo el protagonismo a los contenidos. Se recurre a la utilización de maquetas y cuadros con mapas como recursos expositivos.
Aunque en menor cantidad que en la etapa anterior sigue existiendo la tendencia de exponer un gran número de piezas, aún tratándose de un montaje selectivo. Para conseguir un mejor aprovechamiento del espacio expositivo se generaliza el uso de paneles para dividirlo.
Con motivo de la celebración en Madrid del IV Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas se acelera el nuevo montaje del Museo, abandonando la selección de piezas anterior en favor de la exposición de la mayoría de las colecciones, mediante una instalación sencilla que pretende mejorar la visibilidad de las colecciones. Se construyen vitrinas nuevas, de líneas depuradas, que coexisten con otras más historicistas, y se brinda información complementaria en cartelas, pero aún no existen carteles generales de salas o vitrinas.
Se abre de nuevo el Patio Árabe con una bóveda más opaca y sus columnas pintadas de blanco. La sencillez de las instalaciones y el predominio de soluciones lineales eran frecuentes en algunos museos europeos renacidos tras la guerra mundial.
En las vitrinas se facilita información mediante pequeñas cartelas que permitían identificar la procedencia, materia o colección de las piezas, pero aún no existen carteles generales de vitrina o sala. Para los soportes se empiezan a utilizar nuevos materiales como el plástico.
En la década de 1970 se emprendió un amplio programa de renovación arquitectónica al que siguió una modélica instalación que se mantuvo, casi invariable, más de treinta años. La reforma introdujo grandes cambios como la eliminación de las cubiertas de los patios, que se ajardinaron y estrecharon, pero sobre todo permitió ampliar la superficie expositiva y mejoró la circulación de los visitantes. La renovación supuso un importante cambio en la presentación, buscando mejorar los problemas de seguridad, conservación e iluminación de las colecciones.
Se renuevan las vitrinas, de líneas modernas, y se proporciona una mayor información especialmente mediante paneles de sala. La luz artificial en el interior de las vitrinas mejora la visibilidad de lo expuesto y en el exterior dirige la atención hacia las piezas exentas.
Frente a montajes anteriores, se procede a una cuidada selección de objetos, buscando mostrar sólo lo fundamental para el discurso museológico. Se montan falsos techos a base de celdillas de madera, un recurso utilizado para bajar su altura y situar los focos de luz.
Un aspecto novedoso fue la contextualización espacial de los elementos arquitectónicos expuestos, disponiendo en posiciones similares a las originales a los mosaicos, techumbres y arcos, como el de la Aljafería, en el paso entre las antiguas salas XXX y XXXI.
Se busca favorecer la visibilidad de las colecciones y la circulación de los visitantes, dejando amplios espacios libres entre las vitrinas y alrededor de las piezas exentas. Se da sensación de continuidad en espacios contiguos a través de grandes vanos de acceso.
La exposición temporal Tesoros del Gabinete Numismático de 1999 que se transforma en permanente, supone la reapertura al público del Departamento de Numismática.
Las Salas Nobles vuelven a ser espacio expositivo y los armarios de la Real Botica se utilizan como expositores.
Edad Moderna.
Al final de esta etapa se realizan reformas puntuales poniendo colores neutros en el interior de las vitrinas y renovando la gráfica, aunque también hay alguna reforma completa como en las salas de Edad Moderna, desmontadas para acoger una exposición temporal .
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La colección de Prehistoria se fecha en un rango cronológico muy amplio que abarca desde hace más de un millón de años hasta el inicio del primer milenio a.C. Destacan algunas piezas de especial relevancia como los materiales paleolíticos del Manzanares, en particular San Isidro (Madrid), los omóplatos decorados del Castillo (Cantabria), la cestería y tejido en esparto de la cueva de los Murciélagos en Albuñol (Granada), el ídolo oculado de Extremadura, el conjunto campaniforme de Ciempozuelos (Madrid) o la espada de Guadalajara.
Especial interés ofrece la rica y variada colección Siret, con su valioso archivo y excelentes series como la de Millares o Argar. A éstas se suman el depósito de la ría de Huelva, las estelas “diademadas” y una buena muestra de orfebrería del Bronce final (cuencos de Axtroki, tesoro de Berzocana y de Sagrajas, entre otros.
En la Península Ibérica, la Protohistoria abarca las culturas que se desarrollan entre los inicios de la Edad del Hierro y el proceso de Romanización, es decir, el Primer Milenio a.C. Buena parte de los objetos de esta colección proceden de excavaciones arqueológicas y hallazgos llevados a cabo en la Península y sus islas desde el siglo XIX e incluso antes.
Destacan las realizadas en Ibiza, Villaricos, Toya, Galera, Archena, Aguilar de Anguita o Numancia. De importante valor son los conjuntos de orfebrería, con ejemplares fenicios, tartésicos, ibéricos, céltibericos, vacceos y castreños y, entre ellos, sobresalen tesoros como los de Aliseda, Jávea, Salvacañete, Palencia, Cangas de Onís o Vegadeo. El conjunto de escultura ibérica es excepcional por su calidad y cantidad, realizada, en piedra, (Damas de Elche, Baza y Cerro de los Santos, relieves de Osuna), y en bronce (exvotos ibéricos de Despeñaperros).
La colección se compone de una gran diversidad de objetos, tanto de la vida cotidiana como monumentales, fechados fundamentalmente entre los siglos I a.C. y V d.C. Destaca por su variedad y calidad la serie de inscripciones latinas, representativas de la epigrafía hispana sobre piedra (aras, pedestales, estelas o miliarios) o bronce (tablas jurídicas).
Igualmente importante es el conjunto de esculturas y retratos, con representaciones de las más importantes dinastías reinantes del Imperio romano (Julio-Claudios, Flavios, Antoninos o Severos). También se incluyen algunas piezas excepcionales de procedencia extrapeninsular (itálicas o norteafricanas), como esculturas, mosaicos o inscripciones.
Esta colección abarca un largo período cronológico, entre el siglo IV y finales del siglo XV. Los objetos que la componen corresponden a tres contextos culturales distintos: el reino visigodo de Toledo (tesoro de Guarrazar), el mundo andalusí (botes y arquetas de marfil, elementos arquitectónicos y cerámicas) y los reinos cristianos (objetos cotidianos y religiosos de León, Asturias o Palencia) compartiendo estos dos últimos su desarrollo en el espacio y el tiempo.
No hay que olvidar mencionar el conjunto de piezas mudéjares, de tipología y procedencia diversa, muestra de la presencia de población musulmana en la España cristiana.
Los fondos de este departamento abarcan una cronología muy amplia que se extiende desde mediados del siglo XV hasta mediados del siglo XIX.
Comprenden esculturas en madera, piedra, mármol y bronce, pinturas, instrumentos científicos, armas, platería, joyería, cerámicas, vidrios, muebles, textiles, piedras duras, instrumentos musicales y herramientas de diferentes usos.
Colecciones muy diversas por su materia y su fabricación artesanal o industrial, permiten estudiar los aspectos tecnológicos, funcionales y estéticos que caracterizan a la cultura material de la Edad Moderna y del inicio de la Edad Contemporánea.
De Egipto y Nubia el Museo conserva objetos desde la Prehistoria hasta la época romana y medieval, vinculados al mundo religioso y funerario (sarcófagos, ushebtis, amuletos, momias, estelas, esculturas de divinidades, etc.), muchos de ellos procedentes de excavaciones arqueológicas sistemáticas realizadas en Ehnasya el Medina (Heracleópolis Magna) y en diversos yacimientos nubios.
Por su parte, la colección de Oriente Próximo antiguo está formada por un número reducido de piezas, fechadas entre la Prehistoria y la época romana e incluye cerámicas, inscripciones, ladrillos, sellos o bronces procedentes fundamentalmente de Mesopotamia y Persia.
Procedentes de tres culturas trascendentales en la historia mediterránea, las colecciones están compuestas por vasos cerámicos, bronces, terracotas, esculturas y orfebrería. El conjunto más numeroso está formado por los vasos griegos, que abarcan desde el período micénico a época helenística (siglos XVI a III a.C.), y que constituye una de las mejores colecciones de este tipo existente en Europa. Entre ellos se incluyen piezas procedentes tanto de Grecia continental como de Jonia, Magna Grecia y Sicilia.
Piezas de excelente calidad, algunas realizadas por los mejores artistas de su tiempo, sus imágenes nos introducen en el mito, la religión, el poder, la política, la vida cotidiana, el teatro, la literatura y otros muchos aspectos esenciales del mundo antiguo.
La colección numismática, que abarca desde el siglo VI a.C. hasta el siglo XXI, es la mejor de España en este ámbito y una de las más destacadas a nivel mundial.
Además de monedas, incluye objetos monetiformes o relacionados con el dinero de todas las épocas, su manejo y su fabricación –medallas, fichas, balanzas, pesas dinerales y comerciales, matrices, cuños-, así como piezas vinculadas formal, técnica o históricamente con la moneda, como entalles, camafeos, sellos y matrices sigilares.
Está formada por cerca de 300.000 ejemplares y en ella destaca la serie de moneda hispánica, la más importante del mundo.
https://www.man.es/man/coleccion/catalogo-cronologico/numismatica/tevau.html
