El Museo Reina Sofía cuenta en la actualidad con tres sedes: la sede principal, compuesta por los edificios Sabatini y Nouvel, y las dos sedes del Parque del Retiro, el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal. Este microsite profundiza en la historia y el estudio de este valioso y diverso patrimonio arquitectónico del que el Museo es custodio
El Edificio Sabatini fue concebido en el siglo XVIII como un gran hospital cuyo objetivo era aglutinar, ampliar y mejorar las instalaciones y dependencias sanitarias de la zona de Atocha, como las del Hospital General y de la Pasión. La idea de este proyecto, en realidad, se remontaba a 1566, cuando Felipe II había querido concentrar en un solo edificio los hospitales y centros asistenciales de Madrid. En 1748, dado el decadente estado del mencionado Hospital General y de la Pasión, Fernando VI propuso la construcción in situ de un nuevo edificio, el Hospital General, creando para ello la Congregación Real de Hospitales y su órgano de gobierno, la Junta de los Reales Hospitales General y de la Pasión. El proyecto fue confiado en 1756 al arquitecto e ingeniero militar José de Hermosilla (Llerena, Badajoz, 1715-Leganés, Madrid, 1776), tras descartarse una primera propuesta de Ventura Rodríguez (Ciempozuelos, Madrid, 1717-Madrid, 1785).
Desde el comienzo, las dificultades económicas lastraron el progreso de las obras y provocaron, junto a algunas desavenencias que, en 1769, ya con Carlos III en el trono, Hermosilla fuera destituido en favor del arquitecto Francesco Sabatini (Palermo, Italia, 1721-Madrid, 1797). Del plan y del trabajo del extremeño no se conservan referencias directas: los datos conocidos proceden en su mayoría de las menciones, memorias y comentarios de su sucesor Sabatini. En base a la escasa información disponible, se atribuye a Hermosilla el diseño de un conjunto rectangular con seis patios y el inicio de las obras del actual edificio, en concreto, de los cimientos y la primera planta.
Francesco Sabatini realizó varios cambios sobre el diseño de Hermosilla con el propósito de dotar al conjunto de mayor monumentalidad: proyectó una extensa fachada principal orientada a la calle Atocha y organizó la distribución de las dependencias en torno a una iglesia de planta de cruz griega con cúpula, rodeada por seis patios, uno de ellos a modo de atrio. A estos se sumaba un séptimo patio rectangular, en la parte trasera de la iglesia, más amplio y rodeado por un claustro. Este patio estaba destinado a albergar dos fuentes y especies arbóreas similares a las del Real Jardín Botánico de Madrid, cuyo proyecto inicial era también obra del arquitecto italiano.
El comienzo de las obras
El Edificio Sabatini fue concebido en el siglo XVIII como un gran hospital cuyo objetivo era aglutinar, ampliar y mejorar las instalaciones y dependencias sanitarias de la zona de Atocha, como las del Hospital General y de la Pasión. La idea de este proyecto, en realidad, se remontaba a 1566, cuando Felipe II había querido concentrar en un solo edificio los hospitales y centros asistenciales de Madrid. En 1748, dado el decadente estado del mencionado Hospital General y de la Pasión, Fernando VI propuso la construcción in situ de un nuevo edificio, el Hospital General, creando para ello la Congregación Real de Hospitales y su órgano de gobierno, la Junta de los Reales Hospitales General y de la Pasión. El proyecto fue confiado en 1756 al arquitecto e ingeniero militar José de Hermosilla (Llerena, Badajoz, 1715-Leganés, Madrid, 1776), tras descartarse una primera propuesta de Ventura Rodríguez (Ciempozuelos, Madrid, 1717-Madrid, 1785).
Desde el comienzo, las dificultades económicas lastraron el progreso de las obras y provocaron, junto a algunas desavenencias que, en 1769, ya con Carlos III en el trono, Hermosilla fuera destituido en favor del arquitecto Francesco Sabatini (Palermo, Italia, 1721-Madrid, 1797). Del plan y del trabajo del extremeño no se conservan referencias directas: los datos conocidos proceden en su mayoría de las menciones, memorias y comentarios de su sucesor Sabatini. En base a la escasa información disponible, se atribuye a Hermosilla el diseño de un conjunto rectangular con seis patios y el inicio de las obras del actual edificio, en concreto, de los cimientos y la primera planta.
El proyecto inacabado
Francesco Sabatini realizó varios cambios sobre el diseño de Hermosilla con el propósito de dotar al conjunto de mayor monumentalidad: proyectó una extensa fachada principal orientada a la calle Atocha y organizó la distribución de las dependencias en torno a una iglesia de planta de cruz griega con cúpula, rodeada por seis patios, uno de ellos a modo de atrio. A estos se sumaba un séptimo patio rectangular, en la parte trasera de la iglesia, más amplio y rodeado por un claustro. Este patio estaba destinado a albergar dos fuentes y especies arbóreas similares a las del Real Jardín Botánico de Madrid, cuyo proyecto inicial era también obra del arquitecto italiano.
En consonancia con las ideas ilustradas, Sabatini introdujo en el interior del conjunto una serie de medidas higiénicas y sanitarias avanzadas para la época, como la ventilación natural cruzada, los espacios amplios de techos altos, la blancura de las paredes o la distinción entre espacios «servidores», destinados al trabajo de los sanitarios y a zonas de tránsito, y «servidos», dedicados al hospedaje de enfermos.
Tras la muerte de Carlos III en 1788 y, de nuevo, dadas las dificultades para financiar la construcción, se paralizaron las obras a finales de siglo; de haber concluido, hubieran culminado el edificio sanitario más grande del momento. Solo llegó a construirse aproximadamente un tercio: el séptimo patio y su claustro, incluidas las dos fuentes ―el jardín obedece a un diseño contemporáneo―, que corresponden en la actualidad a la sede del Museo; y un pabellón exento, que recorrería el brazo de uno de los patios y que es hoy sede del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.
Pese a que el proyecto no se completó, el hospital cumplió su función durante casi dos siglos. A él quedaron, además, ligados otros arquitectos de prestigio como Juan de Villanueva (Madrid, 1739-1811), que sucedió a Sabatini en la dirección del proyecto tras su fallecimiento. Posteriores transformaciones adaptaron la construcción a los nuevos requerimientos hospitalarios y posteriormente, ya en el siglo XX, a su nuevo rol como museo.
El Edificio Sabatini funcionó como hospital hasta bien entrada la década de 1960, aunque para entonces el llamado Hospital Provincial había quedado completamente obsoleto. Por este motivo, entre 1965 y 1968 se procedió a su clausura y al traslado de su sede a la Ciudad Sanitaria Provincial, actual Hospital Gregorio Marañón. Pronto surgieron propuestas sobre el futuro del edificio: lejos de intentar conservarlo, casi todas estaban encaminadas a su derribo.
Un informe redactado por la Diputación Provincial, responsable del inmueble, planteaba su demolición prácticamente total, conservando solo algunos elementos como las fuentes del patio o las escaleras. El principal argumento, además del elevado coste que supondría su acondicionamiento para un nuevo uso, era que el conjunto carecía del valor arquitectónico suficiente para decretar su conservación íntegra. Las críticas ante esta propuesta de derribo no se hicieron esperar e incluyeron, además de una importante movilización social, el pronunciamiento de personalidades como los arquitectos Fernando Chueca Goitia (Madrid, 1911-2004) y Luis Moya (Madrid, 1904-1990). Pese a las protestas, a principios de 1970 la Diputación vendió el inmueble a la Caja de Compensación y Reaseguro de las Mutualidades Laborales, entidad que aspiraba a proyectar su sede en esta localización, una vez se hubiera demolido el Edificio Sabatini.
Sin embargo, en paralelo a estas actuaciones, la Dirección General de Bellas Artes estudiaba declarar Monumento Histórico-Artístico al antiguo hospital, tras recibir los informes favorables de las Reales Academias de la Historia y la de Bellas Artes de San Fernando. Por esta razón, varias propuestas de demolición, algunas incluso parciales, de la Caja de Compensación y Reaseguro de las Mutualidades Laborales fueron rechazadas hasta que, finalmente, la venta fue revocada. La Diputación Provincial instó entonces al Ministerio de Educación y Ciencia a adquirir el inmueble y dedicarlo a fines culturales, como sugerían los informes de las Reales Academias.
De este modo, poco después de que el Ministerio de Educación y Ciencia formalizase la adquisición, el Edificio Sabatini fue declarado Monumento Histórico-Artístico por Real Decreto el 9 de diciembre de 1977; un transcendental paso en su conservación que fue recogido en el Boletín Oficial del Estado el 30 de enero de 1978. Ese mismo año, poco después de la creación del Ministerio de Cultura, este organismo pasó a ser el responsable de la transformación del antiguo hospital en centro de arte. Sin demora, en 1979, se constituyó una comisión técnica para estudiar el proyecto y se encargaron las obras al arquitecto Antonio Fernández Alba (Salamanca, 1927-Madrid, 2024).
El proyecto de Antonio Fernández Alba
El proyecto de Fernández Alba tuvo como premisa recuperar la concepción original del edificio de Francesco Sabatini, es decir, su volumetría y simetría iniciales, su sencillez expresiva y su interrelación con el paisaje urbano. Con este propósito, se acometió la eliminación de las ampliaciones realizadas durante las primeras décadas del siglo XX que distorsionaban formalmente el conjunto, y se conservaron y recuperaron los elementos arquitectónicos primigenios, como, por ejemplo, los materiales y calidades de las fachadas, diferenciándolos de las nuevas adiciones para que no se confundiesen.
Una excepción fue la conservación de la cuarta planta, proyectada en la década de 1920 por el arquitecto Baltasar Hernández Briz, con el objetivo de evitar perder varios m2 de superficie. Asimismo, a fin de mantener cierto equilibrio formal, se levantó sobre esta planta una cubierta a dos aguas, similar a la original, que permitió también ganar espacio para el futuro centro cultural.
De Hospital a Museo
El Edificio Sabatini funcionó como hospital hasta bien entrada la década de 1960, aunque para entonces el llamado Hospital Provincial había quedado completamente obsoleto. Por este motivo, entre 1965 y 1968 se procedió a su clausura y al traslado de su sede a la Ciudad Sanitaria Provincial, actual Hospital Gregorio Marañón. Pronto surgieron propuestas sobre el futuro del edificio: lejos de intentar conservarlo, casi todas estaban encaminadas a su derribo.
Un informe redactado por la Diputación Provincial, responsable del inmueble, planteaba su demolición prácticamente total, conservando solo algunos elementos como las fuentes del patio o las escaleras. El principal argumento, además del elevado coste que supondría su acondicionamiento para un nuevo uso, era que el conjunto carecía del valor arquitectónico suficiente para decretar su conservación íntegra. Las críticas ante esta propuesta de derribo no se hicieron esperar e incluyeron, además de una importante movilización social, el pronunciamiento de personalidades como los arquitectos Fernando Chueca Goitia (Madrid, 1911-2004) y Luis Moya (Madrid, 1904-1990). Pese a las protestas, a principios de 1970 la Diputación vendió el inmueble a la Caja de Compensación y Reaseguro de las Mutualidades Laborales, entidad que aspiraba a proyectar su sede en esta localización, una vez se hubiera demolido el Edificio Sabatini.
Sin embargo, en paralelo a estas actuaciones, la Dirección General de Bellas Artes estudiaba declarar Monumento Histórico-Artístico al antiguo hospital, tras recibir los informes favorables de las Reales Academias de la Historia y la de Bellas Artes de San Fernando. Por esta razón, varias propuestas de demolición, algunas incluso parciales, de la Caja de Compensación y Reaseguro de las Mutualidades Laborales fueron rechazadas hasta que, finalmente, la venta fue revocada. La Diputación Provincial instó entonces al Ministerio de Educación y Ciencia a adquirir el inmueble y dedicarlo a fines culturales, como sugerían los informes de las Reales Academias.
De este modo, poco después de que el Ministerio de Educación y Ciencia formalizase la adquisición, el Edificio Sabatini fue declarado Monumento Histórico-Artístico por Real Decreto el 9 de diciembre de 1977; un transcendental paso en su conservación que fue recogido en el Boletín Oficial del Estado el 30 de enero de 1978. Ese mismo año, poco después de la creación del Ministerio de Cultura, este organismo pasó a ser el responsable de la transformación del antiguo hospital en centro de arte. Sin demora, en 1979, se constituyó una comisión técnica para estudiar el proyecto y se encargaron las obras al arquitecto Antonio Fernández Alba (Salamanca, 1927-Madrid, 2024).
Un hospital para la cultura
El proyecto de Antonio Fernández Alba
El proyecto de Fernández Alba tuvo como premisa recuperar la concepción original del edificio de Francesco Sabatini, es decir, su volumetría y simetría iniciales, su sencillez expresiva y su interrelación con el paisaje urbano. Con este propósito, se acometió la eliminación de las ampliaciones realizadas durante las primeras décadas del siglo XX que distorsionaban formalmente el conjunto, y se conservaron y recuperaron los elementos arquitectónicos primigenios, como, por ejemplo, los materiales y calidades de las fachadas, diferenciándolos de las nuevas adiciones para que no se confundiesen.
Una excepción fue la conservación de la cuarta planta, proyectada en la década de 1920 por el arquitecto Baltasar Hernández Briz, con el objetivo de evitar perder varios m2 de superficie. Asimismo, a fin de mantener cierto equilibrio formal, se levantó sobre esta planta una cubierta a dos aguas, similar a la original, que permitió también ganar espacio para el futuro centro cultural.
Las torres de cristal
La intervención de Antonio Vázquez de Castro y José Luis Íñiguez de Onzoño con Ian Ritchie
En otoño de 1987, un nuevo equipo de arquitectos, formado por Antonio Vázquez de Castro (Madrid, 1929 – 2025) yJosé Luis Íñiguez de Onzoño(Bilbao, 1927 – Madrid, 2022), relevó a Fernández de Alba en la dirección de las obras. A estas alturas, se había abandonado la idea de dedicar el edificio a un «museo de museos»: el CARS albergaría únicamente y de manera íntegra los fondos del MEAC, y se constituiría poco después, vía Real Decreto el 27 de mayo de 1988, como museo nacional bajo la denominación de Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Este nuevo rumbo requería un proyecto de ampliación y mejora centrado en dotar a la incipiente institución de una imagen moderna y de adecuarla a sus nuevas funciones museísticas, entre ellas, la acogida de un gran número de visitantes. Así, este nuevo plan dio especial importancia a la fachada principal, así como al entorno urbano y de acceso al edificio, concretamente a la actual plaza Juan Goytisolo y a su conexión con la plaza del Emperador Carlos V.
En la fachada principal, se retiró el color ocre con el que Fernández de Alba había querido aproximarse a la visión original del edificio de Sabatini, y se levantaron enmarcando la entrada dos torres-ascensores de vidrio y acero destinadas a la circulación de visitantes, a las que se sumaba una tercera torre-ascensor en el acceso de la calle Hospital, reservada para servicios y trasporte de obras. Para su proyección, Vázquez de Castro e Íñiguez de Onzoño contaron con la colaboración y el asesoramiento del arquitecto británico Ian Ritchie (Sussex, 1947), inspirados por el trabajo que este había realizado en la Ciudad de las Ciencias y la Industria de París. El cerramiento transparente de estos ascensores contrastaba con la opacidad del antiguo hospital y suponía un alarde tecnológico y un ejemplo de la llamada arquitectura high tech, muy popular en el panorama arquitectónico internacional de aquellos años. Gracias a estas torres, se dotó a la fachada de un elemento distintivo que con el tiempo se ha convertido en una seña de identidad del Museo.
Abierto desde 1990, fue en 1992 cuando quedó inaugurada la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía con la incorporación de Guernica (1937) de Pablo Picasso, procedente del Casón del Buen Retiro.
En las dos últimas décadas del siglo XX se produce una renovación en el ámbito de la arquitectura museística a raíz de las nuevas corrientes museológicas que defendían instituciones más modernas, versátiles, atractivas y abiertas a amplios sectores de la población. Este cambio de paradigma, encabezado por renombrados estudios de arquitectura como el suizo Herzog & de Meuron, responsable del proyecto de la Tate Modern de Londres, o el del canadiense Frank Gehry, autor del Museo Guggenheim Bilbao, estuvo a su vez ligado a procesos interconectados de renovación y gentrificación urbanas, y al auge del turismo cultural de masas. Como resultado, la arquitectura de estos nuevos museos y centros de arte pasó a ser un reclamo en sí misma.
En este contexto, el Ministerio de Cultura convocó un concurso internacional para acometer la ampliación del Museo Reina Sofía en 1999, con el doble propósito de incrementar y modernizar sus instalaciones, y de situar a la institución en la escena internacional. La propuesta del arquitecto y diseñador Jean Nouvel (Fumel, Francia, 1945) se alzó como ganadora frente a los proyectos de once reconocidos estudios de arquitectura, tanto del ámbito nacional ―Mansilla + Tuñón Arquitectos (Madrid) o Cruz y Ortiz (Sevilla)― como internacional ―Dominique Perrault, Zaha Hadid o Tadao Ando―, entre otros.
Frente al carácter compacto del Edificio Sabatini, la intervención de Nouvel planteó tres edificaciones independientes destinadas a usos diferenciados: de una parte, biblioteca, librería, almacenes y oficinas; de otra, oficinas, salas de exposiciones y conexión interna con el Edificio Sabatini; y, por último, cafetería-restaurante, salas polivalentes y dos auditorios. Este último edificio, situado en el vértice que forman las otras dos edificaciones, destaca por sus grandes dimensiones, sus formas orgánicas y su vistoso color rojo.
La disposición de los tres edificios respeta a grandes rasgos el emplazamiento de los inmuebles preexistentes y da lugar a una nueva plaza triangular de carácter semipúblico, el Patio Nouvel, cuyo objetivo es dotar de un espacio abierto no solo al Museo sino también al cercano barrio de Lavapiés y a la Ronda de Atocha.
Además de por la mencionada plaza, estos tres edificios se conectan entre sí y con la fachada suroeste del Edificio Sabatini a través de pasarelas elevadas y una extensa terraza cuya cubierta perforada se extiende sobre la plaza y más allá del perímetro edificado en forma de pronunciado alero. El Patio Nouvel queda así parcialmente cubierto e iluminado por amplios huecos rectangulares.
Por su parte, la imponente cubierta, que se alinea con el antiguo hospital sin entrar en contacto con su cornisa, se construyó mediante un entramado de vigas, con aluminio lacado en color rojo y en sección decreciente a fin de aligerar su aspecto.
Inaugurada en junio de 2005, esta ampliación es conocida como Edificio Nouvel. Con ella se aumentó considerablemente la superficie del Museo, y se le dotó de una arquitectura icónica que, al igual que el Edificio Sabatini, plantea un reto para su conservación y mantenimiento.
Las dos sedes del Museo Reina Sofía en el Parque del Retiro, el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal, son obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco (Burgos, 1843-Madrid, 1923). Se proyectaron a finales del siglo XIX como espacios de exhibición en el contexto de las exposiciones universales, y desde entonces han mantenido esta función.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, Europa se encontraba inmersa en una feroz carrera expansionista y colonial en África y Asia. Las exposiciones universales jugaron un papel determinante como escaparates de los «logros» y discursos de las potencias coloniales. A este objetivo se unía la competencia por el desarrollo tecnológico e industrial, cuyos avances también tenían cabida en estos eventos.
La Exposición Universal de Londres, conocida como la Gran Exposición Universal de Londres, fue la primera exposición universal. Tuvo lugar en 1851 en Hyde Park, en la capital londinense, y supuso todo un hito no solo por su contenido —las creaciones y tecnologías más punteras de la industrial del momento—, sino por el edificio que acogía el evento: el Crystal Palace, o Palacio de Cristal, del arquitecto Joseph Paxton (Bedford, Reino Unido, 1803-Chatsworth, Reino Unido, 1865).
El Crystal Palace fue concebido como una suerte de gran invernadero de hierro y cristal y fue edificado en tan solo seis meses gracias a la prefabricación de elementos modulares, lo que permitía una nueva forma de concebir y construir. A su imponente y, al mismo tiempo, ligero aspecto exterior se sumaba la idoneidad de su interior, un espacio diáfano y sin interrupciones, perfecto para albergar una muestra multitudinaria de este tipo.
Con la vista puesta en el éxito del evento londinense, España, siguiendo a otros países europeos, quiso celebrar dos grandes exposiciones y edificar sus respectivas sedes: en 1883 tuvo lugar la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, y, cuatro años más tarde, en 1887, la Exposición General de Filipinas.
El Palacio de Velázquez
Y la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales
Durante el siglo XIX España destacó por su industria y producción mineral. Con el propósito de fomentar y dar a conocer el desarrollo de este sector a nivel nacional e internacional, se organizó la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, impulsada por el entonces ministro de Fomento, José Luis Albareda y Sezde, quien nombró presidente de la comisión organizadora a Luis de la Escosura y Morrogh.
El lugar escogido para ubicar el recinto ferial fue el Parque del Retiro, en Madrid; en concreto, una zona aledaña al Estanque Grande. Ricardo Velázquez Bosco diseñó tanto los pabellones oficiales como la ordenación del conjunto. Solo un edificio, el pabellón principal, hoy conocido como Palacio de Velázquez en reconocimiento a su arquitecto, se concibió con carácter permanente, a fin de que continuara cobijando eventos similares. Para el proyecto, Velázquez Bosco contó con un equipo integrado por el ingeniero Alberto de Palacio Elissagüe (Sare, Francia, 1856-Getxo, 1939), el constructor Bernardo Asins y Serralta (Madrid, 1840-1897) y los hermanos ceramistas Germán (Madrid, 1855-1886) y Daniel Zuloaga (Madrid, 1852-Segovia, 1921).
Dentro del recinto, a modo de scaenae frons, el pabellón se ubicaba en uno de los extremos y estaba precedido por jardines de estilo inglés y una amplia avenida, franqueada por construcciones efímeras en madera, que conducía a una cascada y estanque artificiales rematados por un templete con cúpula dorada. Para su proyección, Velázquez Bosco partió de referencias evidentes, tanto visuales como constructivas, a la obra del británico Joseph Paxton, pero también atendió a otras edificaciones contemporáneas como La Rotunde, construida con motivo de la Exposición Universal de 1873 en Viena, o las modernas estaciones de tren.
Además de recurrir a las posibilidades técnicas y materiales que ofrecía la arquitectura del momento, Velázquez Bosco empleó medios y lenguajes tradicionales, lo que dio como resultado una obra ecléctica en la que destacaba el empleo de hierro para la estructura, cristal para los lucernarios y ladrillo zaragozano de dos colores para las fachadas, donde además sobresale el revestimiento cerámico diseñado por los mencionados hermanos Zuloaga.
El Palacio de planta rectangular se organiza en tres cuerpos cuadrangulares unidos por medio de tramos de galerías resueltas al exterior mediante arquerías. Al cuerpo central, rematado por una gran bóveda de cañón con lucernario que sobresale en altura, se accede por una entrada porticada con arcos de medio punto sobre columnas jónicas, precedida por una escalera de mármol blanco franqueada por dos efigies. Los dos cuerpos laterales quedan rematados en sus esquinas por cuatro torreones en avanzada cubiertos por bóvedas esquifadas.
El edificio tuvo una gran acogida, como reflejan las crónicas de la época, y tras la finalización de la muestra volvió a ser utilizado para albergar otras exposiciones, entre ellas, la Exposición General de Filipinas de 1887, para la cual se edificó la otra sede del Museo en el Parque del Retiro: el Palacio de Cristal.
El Palacio de Cristal
Y la Exposición General de las Islas Filipinas
La Exposición General de las Islas Filipinas, inaugurada en 1887 en el Palacio de Cristal bajo el liderazgo del Ministerio de Ultramar, tenía un claro objetivo propagandístico: reforzar la imagen del Imperio español sobre los territorios colonizados del Pacífico en un momento de decadencia.
Se trataba de una exposición ambiciosa, que contó con gran eco en la prensa de la época, y que no solo exhibía objetos procedentes de las islas sino también a un grupo de entre cuarenta y cincuenta personas de esta región. La exposición se convertía así en el primer ejemplo de «zoológico humano» en España, un formato por entonces muy popular entre las potencias coloniales europeas.
El Palacio de Cristal fue concebido a modo de invernadero para acoger la flora procedente de Filipinas. En su construcción, Velázquez Bosco recurrió de nuevo a la referencia del Crystal Palace, ahora de manera más evidente empleando un lenguaje clasicista similar, y contó con el mismo equipo que en el Palacio de Velázquez. El resultado es uno de ejemplos más representativos de la arquitectura de hierro y cristal en España.
El Palacio de Cristal se construyó en tan solo cinco meses gracias a la prefabricación, como en el caso londinense. Destaca por su estructura de hierro y cristal y su interior amplio y diáfano. Se dispone sobre una suerte de planta de cruz griega, de la que resta uno de sus brazos, sustituido por el pórtico de entrada. El crucero está rematado por una imponente cúpula acristalada de 24 metros de altura, que se eleva sobre el resto de las cubiertas resueltas mediante bóvedas de cañón igualmente acristaladas. El edificio queda asentado sobre una base de piedra y ladrillo, decorada con los frisos cerámicos de los hermanos Zuloaga.
La actividad expositiva y la fisionomía de los dos palacios permanecieron inalterables durante las primeras décadas del siglo XX. Entre los eventos más reseñables que tuvieron lugar destaca la proclamación de Manuel Azaña como presidente de la Segunda República el 10 de mayo de 1936 en el Palacio de Cristal. Para la ocasión los muros de cristal se cubrieron con cortinas y el palacio se convirtió en hemiciclo para la Asamblea Electoral.
Tras la Guerra Civil, se llevaron a cabo diferentes actuaciones destinadas a reparar los desperfectos ocasionados durante la contienda, y en el caso del Palacio de Velázquez se realizó una ampliación de la parte trasera en la década de 1940.
En los años setenta del pasado siglo XX, coincidiendo con su declaración como Monumentos Históricos Nacionales, se acometieron importantes labores de restauración y acondicionamiento de ambos edificios con el objetivo de eliminar adhesiones y recuperar su esencia original, así como consolidar y reforzar sus estructuras. En el caso del Palacio de Velázquez la intervención se desarrolló en dos fases, la primera, entre 1971 y 1973, de la mano de Ángeles Hernández-Rubio Muñoyerro y Alberto García Gil, y la segunda, en 1978, corrió a cargo de Fernando Chueca Goitia (Madrid, 1911-2004). Por su parte, Hernández-Rubio Muñoyerro fue también la responsable de las obras en el Palacio de Cristal en 1975.
En la década 1990 los dos palacios se convierten en sedes expositivas del Museo Reina Sofía, tras haber dependido del Centro Nacional de Exposiciones. En este momento, el arquitecto José de la Dehesa Romero realiza nuevas actuaciones para acondicionar y preservar los espacios: en 1990 tienen lugar las obras en el Palacio de Velázquez, y entre 1994 y 1998, en el de Cristal. Desde entonces han sido constantes los trabajos de conservación, adecuación y mejora de sus instalaciones.
Con estas dos sedes, declaradas Monumentos Históricos Nacionales y situadas en un entorno privilegiado como es el Parque del Retiro, el Museo Reina Sofía completa su valioso patrimonio arquitectónico, y se compromete con su puesta en valor y conservación.
Las colecciones de un museo son la estructura nerviosa sobre la que reverberan el resto de los mensajes que la institución emite.
Las del Museo Reina Sofía se han ido formando desde la fundación del Museo Español de Arte Contemporáneo en 1894 para unificar casi cien años después las colecciones estatales de arte moderno y contemporáneo.
Están formadas por casi 25.000 piezas que van desde las últimas décadas del siglo XIX hasta el presente. Los fondos se centran en la historia del arte español, pero también internacional, con especial hincapié en América Latina.
