El museo se asienta sobre el conjunto de casas en que vivió Cervantes durante su segunda estancia en Valladolid, entre 1604 y los primeros meses de 1606. Aquí tuvo, muy probablemente, el privilegio de disfrutar de una de sus grandes satisfacciones en vida: hojear los primeros ejemplares del Quijote.
Desde que el autor del Quijote abandonó esta casa en 1606, este edificio ha tenido distintos usos: de vivienda de alquiler a ateneo cervantino y biblioteca popular. En 1948 se conviritó en museo.
A comienzos del siglo XVII, Cervantes vivió en Valladolid como recaudador de impuestos mientras la Corte residía allí. A finales del XVIII, su testimonio en el expediente del asesinato de Gaspar de Ezpeleta permitió identificar la vivienda donde entonces se encontraba.
A comienzos del siglo XVII, el monarca Felipe III trasladó la corte de Madrid a Valladolid. De esta manera, la capital castellana se convirtió en la capital de la monarquía española tras las intrigas del valido del rey, el duque de Lerma.
El valido tenía en mente buscar un marco urbano apropiado para el desarrollo político de la corte y un lugar provisto de posibilidades para distraer a los monarcas.
Siguiendo la estela del rey, Miguel de Cervantes, como recaudador de impuestos que era, llegó a la ciudad en 1604, instalándose con su familia en una vivienda en el Rastro Nuevo de los Carneros.
Los primeros meses que el escritor pasó aquí los ocupó en redactar el prólogo del Quijote, las poesías preliminares y la relación para solicitar el privilegio real para imprimir la novela, despachado el 26 de septiembre de 1604. Habitaría la casa hasta los primeros meses del año 1606, momento en que se trasladó de nuevo la corte a Madrid.
A finales del siglo XVIII se halló expediente sobre la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, un caballero santiaguista que sufrió una emboscada junto a esta casa. Entre las declaraciones de los testigos que lo socorrieron, se encontró la de Miguel de Cervantes y, gracias a ello, se pudo localizar e identificar la vivienda.
La publicación de un extracto del Proceso Ezpeleta por Juan Antonio Pellicer en su edición de El Quijote (1797) y su reproducción en 1819 por el historiador cervantista Martín Fernández Navarrete suscitaron el interés en saber si todavía existía aquella casa.
Aunque la documentación no fue entonces suficiente para fijar con seguridad la casa donde habitó el escritor, en 1862 el profesor don José Santa María de Hita fue capaz de localizar la ubicación exacta de las estancias habitadas por Cervantes.
La hipótesis fue aceptada oficialmente por todas las instituciones culturales y políticas el 23 de junio de 1866, colocándose una placa recordatoria. Fue en 1872 cuando se hizo el primer intento de dedicar la casa a una finalidad cultural.
La casa pertenece al conjunto de cinco edificios construidos por Juan de las Navas en 1601 sobre unos solares heredados de su padre y otros adquiridos en la calle del Rastro Nuevo de los Carneros. A pesar de diferentes obras a lo largo de los siglos, se ha mantenido íntegra su estructura y disposición interior.
La llegada al Museo viene precedida por un jardín español que rompe con el bullicio de la ciudad. La biblioteca convive con el patio, donde relieves del Quijote y un busto de Huntington evocan la historia del Museo. Por el zaguán, donde se exhibe un lienzo de Lepanto, se accede a las habitaciones del escritor.
Jardín
El jardín, de estilo español, ha cambiado con el tiempo en estructura y decoración, destacando en su centro una fuente clásica. En 1917 se añadió un remate procedente del Hospital de la Resurrección. La fachada de la casa refleja el modelo típico de Valladolid del siglo XVI, con balcones en la planta principal y ventanas ordenadas en la segunda.
Biblioteca histórica
El 23 de abril de 1916 se abrió al público esta biblioteca, con más de 4 000 libros de la Biblioteca Nacional y de la colección del marqués de la Vega-Inclán. Con el tiempo, creció hasta unos 10 000 volúmenes, convirtiéndose en la segunda más importante de España. En el centro, un retrato de Cervantes preside el espacio, evocando la presencia del príncipe de los ingenios.
Patio interior
El patio conserva su distribución original y muestra los cuatro relieves de hierro con episodios del Quijote de Pablo Santos de Berasategui. En 1925, se incorporó la portada del monasterio de la Armedilla, bajo la cual un busto de bronce de Archer M. Huntington, obra de su esposa Anne Hyatt, recuerda al promotor de la conservación de la casa.
Zaguán
El zaguán, que daba acceso a la taberna y a la casa de Cervantes, muestra un gran lienzo anónimo de la escuela madrileña sobre la Batalla de Lepanto. A un lado se conserva un pozo que servía a los habitantes, mientras la escalera con azulejos talaveranos conduce a las habitaciones donde vivió el escritor, en el corazón del piso superior.
El primer intento de dotar a la casa de una finalidad cultural tuvo lugar en 1872 con la creación del Ateneo Cervantino. Tres años más tarde se fundaría la Sociedad Casa de Cervantes, que la llenó de cuadros, armas y ediciones raras del Quijote.
En 1872 un grupo de jóvenes escritores fundó el Ateneo Cervantino, arrendando la casa para discutir temas literarios, pero apenas duró seis meses. Para el 270 aniversario de la publicación del Quijote, el 23 de abril de 1875, Mariano Pérez Mínguez y los propietarios de la casa la decoraron con muebles y objetos antiguos y se abrió al público.
Se creó la Sociedad Casa de Cervantes en 1875 y la casa se enriqueció con cuadros, armas y libros antiguos y raras ediciones del Quijote. Se instaló un gabinete de lectura, cuyas sesiones literarias se celebraron entre 1876 y 1881. La casa continuó como museo hasta 1887, cuando desapareció la Sociedad y la vivienda pasó a ser ocupada de nuevo por inquilinos.
De forma parelela, Mariano Pérez Mínguez lideró una suscripción pública para erigir una estatua a Cervantes, que realizó Nicolás Fernández de la Oliva en 1877 en el Campillo del Rastro, cercano a la casa. Su pedestal tenía cuatro relieves con episodios quijotescos realizados por Pablo Santos de Berasategui. En 1889, debido a las obras de urbanización del río Esgueva y la calle de Miguel Íscar, se trasladó a la plaza de la Universidad y los relieves, al patio interior del Museo.
Benigno de Ia Vega-Inclán fue uno de los grandes protagonistas de la vida cultural española de su tiempo. Militar, diputado, senador, miembro de la Real Academia de Historia y de patronatos y numerosas instituciones culturales, destacó por ser el impulsor del turismo cultural en España.
Siendo Comisario Regio de Turismo, fundó el Museo del Greco en Toledo y el Museo Romántico en Madrid. En 1912 promovió la recuperación de la casa de Cervantes en Valladolid, que entonces amenazaba ruina, logrando implicar en el proyecto al rey Alfonso XIII y al hispanista Archer M. Huntington.
En 1912, Alfonso XIII adquirió la casa n.º 14, identificada como la que habitó Miguel de Cervantes, reservándose Archer M. Huntington la adquisición de las dos colindantes, es decir, las señaladas con los números 12 y 16 con el fin de dar «amplitud y desenvolvimiento» en el caso de que algún día lo requiriese la nueva institución cultural.
Concluidos todos los trabajos, en 1915 el rey Alfonso XIII donó al Estado la casa señalada con el n.º 14, que fue aceptada por el entonces Ministerio de Instrucción Pública.
El marqués propuso que se asociara a esta empresa la Sociedad Hispánica de Nueva York, cuyo presidente Archer Milton Huntington, se adhirió inmediatamente al proyecto.
Gracias al «entusiasmo y resolución» del monarca y del magnate americano se siguió adelante con esta empresa. Siguiendo el ejemplo del rey, en 1918 Archer M. Huntington entregaba al Gobierno español la propiedad de las dos casas colindantes a la llamada de Cervantes, números 12 y 16.
El 23 de abril de 1916 se inauguró la Biblioteca Popular y Cervantina, con la donación de la colección del marqués y duplicados de la Biblioteca Nacional. Hoy, la casa conserva el aspecto que el marqués de la Vega-Inclán le dio durante su intervención.
En 1912 el Ayuntamiento cedió el uso del espacio delantero a la casa, impidiendo la construcción de cualquier edificio en esa parcela para que esta pudiera ser contemplada libremente desde la calle de Miguel Íscar. Entre finales del mismo año y principios del siguiente, se hicieron arreglos en la casa sufragados por los nuevos propietarios y el propio marqués continuó las obras hasta 1916, fecha en que se hizo cargo el Estado.
El 23 de abril de 1916 se abrió al público la Biblioteca Popular y Cervantina con un depósito de libros de la Biblioteca Nacional y de la colección personal del propio marqués. Se convirtió en la segunda biblioteca más importante del país tras la Biblioteca Nacional.
Hoy, la casa conserva el aspecto que el marqués de la Vega-Inclán le dio durante su intervención: una fachada de sillería y mampostería en la planta baja y de ladrillo visto que oculta el original entramado de madera en los pisos superiores. Sus balcones, que en origen eran de madera, ahora son volados y de forja antigua.
En 1948, tras las donaciones del marqués de la Vega-Inclán, se inauguró el museo, recreando la vivienda gracias a cartas y testamentos. En 2005, con motivo del IV centenario del Quijote, la museografía se renovó, inspirándose en documentos, literatura, pintura y estudios históricos.
El museo se inauguró en 1948 tras el legado al Estado de las fundaciones y donaciones del marqués de la Vega-Inclán. El Patronato de las Fundaciones Vega-Inclán continuó la labor iniciada por el propio marqués y encomendó a Javier Sánchez Cantón, subdirector del Museo del Prado, y a Constantino Candeira, arquitecto y subdirector del Museo Nacional de Escultura, la elaboración del proyecto de un museo.
Para la recreación de la vivienda, se consultaron las cartas de dote y testamentos, en los que se podían rastrear muebles, objetos y utensilios que poseyó la familia. No obstante, la interpretación que se obtuvo excede a la holgura y relativo bienestar que disfrutó el escritor durante su estancia en Valladolid. La nueva instalación se inauguró el 23 de abril de 1948.
En 1955, se estableció la celebración de «Las mañanas de la biblioteca» con el fin de difundir y fomentar el cultivo y la lectura de poesía, que continuaron organizándose los domingos. En 1962, se nombró a Miguel de Cervantes «vecino de honor» de Valladolid. Al año siguiente, el Ayuntamiento estableció la costumbre de acudir anualmente en pleno a la Casa de Cervantes cada 23 de abril a un acto cultural en memoria del escritor. En 2005, con motivo del IV centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, el museo renovó la museografía en base a documentos familiares de Cervantes, a la literatura, la pintura y los estudios históricos de la época.
En vida del escritor, esta sala tendría vistas sobre el ramal sur del río Esgueva, hoy cubierto y canalizado. Como los restantes cuartos, está solado con baldosa de barro y techado por viguería de madera vista alternando con bovedilla. Las superficies de sus paredes están encaladas, como era lo habitual en la época. En la disposición original de la casa no habría un «recibimiento», una pieza de paso como en las casas acomodadas.
En esta estancia se ha querido conservar el recuerdo del primer montaje de la Casa de Cervantes en 1875, cuando don Mariano Pérez Mínguez la decoró como homenaje al escritor. Con esa intención se ha colocado aquí el Retrato de Felipe III y un San Miguel que evoca el nombre del escritor.
Se llamaba estrado a una habitación de recibir o de estar ocupada por una tarima alfombrada donde normalmente se sentaban las mujeres a la morisca sobre almohadones o cojines, según costumbre española de origen islámico. Este hábito causaba sorpresa a los visitantes extranjeros, pero en nuestro país pervivió prácticamente hasta la llegada de los Borbones.
Existen abundantes testimonios de su uso en la literatura y pintura españolas, así como en inventarios que documentan el mobiliario de las casas. Solía ser la habitación más rica y la dedicada a las visitas. La tarima preservaba del frío de los suelos y a su alrededor se colgaba un arrimadero de tela, estera o tapiz para preservar la pared y evitar la humedad.
Era normal mezclar usos distintos en una misma habitación como comer, lavarse y dormir. Cervantes menciona en sus obras el estrado como lugar particularmente confortable, en relación con la siesta o como lugar de citas amorosas. A veces, los dormitorios de las señoras tenían también su estrado donde recibían a sus amigas más íntimas.
El cofre o baúl del siglo XVII, cubierto con terciopelo rojo claveteado y con su herraje intacto, es un ejemplar rarísimo por no ser «de camino», como prueban los cajones que posee.
En el estrado, las mujeres leían o cosían, por eso no faltan ni la rueca ni el uso ni la devanadera. También, podían conversar con sus visitantes, que, si eran varones, se sentaban en sillas fuera del espacio de la tarima.
También, destaca el escritorio, de ébano e incrustaciones de hueso en sus cajones adornados con representaciones de san Pedro, la Virgen y san Pablo, a la que se arrima un sillón tapizado en cuero. El Niño Jesús era un tipo de objeto de devoción muy extendido entre el mundo femenino de la época.
Esta estancia no habría formado parte de la casa de Miguel de Cervantes, sino de la de su vecina Luisa de Montoya. Así, se ha recreado esta singular habitación en honor a las hermanas del novelista, Andrea y Magdalena.
La palabra «aposento» se usaba en la época de modo muy genérico para referirse a las distintas piezas de la casa; Cervantes la utiliza muy a menudo y con ella alude más específicamente a la habitación reservada a una persona, donde tiene su cama y, concretamente don Quijote, sus libros. Esta sala evoca lo que pudo ser la habitación más personal del escritor.
Los documentos familiares hablan de varios escritorios y mesas. La estancia se completa con dos lienzos que ilustran escenas del Quijote: Don Quijote enfermo y El pastor Grisóstomo y la pastora Marcela.
La cama se sitúa en una pequeña alcoba, con su dosel, elemento muy necesario para el abrigo, más aún en una ciudad fría como Valladolid.
En la dote de Catalina de Salazar, esposa de Cervantes, aportaba «un cielo de cama de anjeo colorado». También, mencionan los documentos familiares almohadas de lienzo, mantas, el imprescindible calentador o diversos colchones de lana y estopa. Era más habitual superponer varios colchones delgados que uno grueso.
Sus oraciones irían dedicadas a buscar el amparo de san Francisco, del que Cervantes acabaría siendo hermano terciario y que aparece representado en una modesta pintura española del siglo XVII.
Alcobilla
Esta pequeña estancia puede que fuera utilizada para dormir por la falta de luz directa. Las paredes se han protegido con esterilla, que aislaría de la humedad, y se ha utilizado lienzo sencillo para las cortinas de separación.
En la época de Cervantes, no se reservaba una habitación para comer más que en las grandes casas. La mesa se podía preparar donde conviniera. No siempre comían las familias reunidas y era corriente usar el mismo aposento donde se dormía.
Ni la literatura ni la pintura de la época representan «comedores» tal como hoy los entendemos, pero sí «comidas» y, gracias a la pintura, de bodegones conocemos «mesas» de todos los estratos sociales. Este es el caso del bodegón expuesto en el comedor, del pintor barroco sevillano Pedro de Camprobín.
Lo más probable es que esta habitación se usara como dormitorio de las mujeres. No obstante, en la actual instalación se ha mantenido el comedor que decoraron los primeros creadores del museo, atentos a dignificar la figura del escritor más que a los pormenores vulgares de la vida cotidiana.
Se basaron seguramente en los objetos que aparecen en la carta de dote de Catalina de Salazar y Palacios, esposa de Cervantes y en la de su hija Isabel de Saavedra. Entre los objetos mencionados en estas cartas, encontramos una alacena, mesas y sillas.
La habitación, sin luz directa, fue dotada en el pasado de un hueco de comunicación con la cocina, pensando sin duda en los equívocos huecos que en algunos bodegones juveniles de Velázquez, en concreto Cristo en casa de Marta y MaríaEnlace externo, se abre en ventana nueva o La cena de EmaúsEnlace externo, se abre en ventana nueva, dejan ver desde la cocina la habitación contigua donde alguna escena religiosa proporciona una coartada digna a la pintura de los personajes humildes.
La escalera interior conduce a una puerta que da al descansillo de la escalera general. El piso tiene, por tanto, dos puertas y hace pensar que pudo estar dividido en dos.
La cocina fue instalada con chimenea y bancos laterales, como en otros museos creados por el marqués de la Vega-Inclán. No corresponde verdaderamente a la estructura de la casa, pero es un tipo de chimenea que se representa en la pintura de la época, aunque es propia de cocinas más grandes o de casas de campo. En pisos pequeños, como este caso, se utilizaron simples braseros o anafres para cocinar.
En todo caso, la normal dificultad de calentar la casa hacía que las cocinas fueran un lugar concurrido, que se hicieran muchas otras cosas además de cocinar y que durmieran a menudo los criados. La ventana que ilumina la cocina da al patio, donde en origen estuvieron los corrales de la casa y donde probablemente se harían las faenas de lavar y tender la ropa.
Estampas del Quijote de la Real Academia de la Lengua (1780)
Estas imágenes dieron vida a la primera gran edición ilustrada de lujo del Quijote en España, impulsada por la RAE. Colaboraron destacados artistas de la época y fue impresa por Joaquín Ibarra, cuyo nombre quedó unido para siempre a aquella edición.
Escenas del Quijote, por Manuel García Rodríguez
Pequeñas tablas que dan vida a pasajes del Quijote, cada una acompañada por una frase manuscrita en el reverso, como un susurro de la novela. Obras tempranas, surgidas en los primeros pasos de un pintor que ya empezaba a trazar su propio camino.
Don Quijote limpiando su armadura
Entre 1870 y los albores del nuevo siglo, José Jiménez Aranda fue dando forma con sus dibujos a un Quijote destinado a la gran edición del tercer centenario. En 1905, al cumplirse 300 años de la novela, aquellas ilustraciones acompañaron la conmemoración de la obra inmortal.
Boceto de don Quijote, por José Jiménez Aranda
Este boceto pertenece a la serie de 689 ilustraciones y representa el pasaje donde la princesa Micomicona le promete a Sancho nombrarle señor de su reino. Mediante el engaño tanto al escudero como a su amo, Dorotea, el cura y el barbero consiguen hacer que los aventureros vuelvan a su pueblo.
Miniatura de Isabel de Valois
Isabel de Valois marca el inicio del camino literario de Cervantes, pues a ella dirigió su primer soneto conocido. Con ese gesto, nace la voz de un escritor que aún no imaginaba su destino. Por ello, el museo conserva esta delicada miniatura que representa a la joven reina.
Bodegón, de Pedro de Camprobín
El bodegón, emblema del Barroco, abre una ventana a la mesa de su tiempo: frutas, verduras, lácteos y vino. Este último aparece en el Quijote, donde Cervantes recuerda que basta con romero, aceite, sal y vino para sanar a un caballero andante.
Dibujo de don Quijote, por Dalí
En las guardas de un poemario, Dalí dejó un curioso dibujo: aparece el Quijote, esa figura que tanto lo desvelaba, avanzando hacia una Dulcinea nacida de la imaginación del caballero. Ella, con los brazos abiertos, parece aguardarlo, como si el sueño del hidalgo cobrara forma sobre el papel.
L’ingénieux hidalgo Don Quichotte de la Manche, de Daniel Vierge
Las ilustraciones, fruto del trazo ágil y las aguadas de Daniel Vierge, fueron reproducidas en esta edición mediante fotograbado. En Francia llegaron a llamarlo, con admiración, “Velázquez metido a periodista”.
Don Quichotte de la Manche, de Louis Jou
Con encuadernación en negro y ocre que recuerda al pergamino, esta edición reúne más de 500 xilografías. Su autor, Louis Jou, cuidó cada detalle: desde el diseño de los caracteres hasta la tinta, el prensado y la decoración. No en vano fue llamado el “arquitecto del libro”.
on Quichotte de la Manche, de Salvador Dalí
Esta obra marca la primera incursión de Dalí en la litografía. El Quijote, figura que lo acompañó a lo largo de toda su carrera, cobra vida en 13 planchas enigmáticas, fruto de la obsesión creadora del pintor.
’ingénieux hidalgo Don Quichotte de la Manche, de Henry Lemarié
Esta edición se enriquece con 92 grabados a color de Henry Lemarié, cuyas imágenes, vivas y luminosas, acompañan tanto a los volúmenes como a las suites, donde también pueden contemplarse de manera independiente.
Don Quijote de la Mancha, de Eberhard Schlotter
Esta edición de coleccionista reúne 160 aguafuertes a dos colores del grabador Eberhard Schlotter. Son testimonio de la maestría de un creador que se vio influido por Alberto Durero, el expresionismo alemán y el cubismo.
